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Ninguna parte de los sermones en texto puede ser imprimida o difundida. Por favor, grabe en su corazón lo que ha entendido, para compartir la fragancia de Sion.

Jactémonos de Dios

En Apocalipsis 22, el último capítulo de la Biblia, podemos ver la escena en que Dios aparece como el Espíritu y la Esposa en esta tierra, y guían a todos los seres humanos a la salvación. Esta es una revelación definitiva que el apóstol Juan vio, y una profecía que debe cumplirse. La Biblia nos dice que no añadamos nada a las palabras de la profecía de este libro, ni quitemos nada del libro de la profecía (Ap. 22:17-19).

Según la profecía, Dios Padre, que es el Espíritu, y Dios Madre, que es la Esposa, están dando el agua de la vida a los seres humanos que están destinados a la muerte eterna, y dondequiera que se predican estas buenas nuevas, muchas almas son revividas.

Los antepasados de la fe siempre se jactaban de Dios. En la época del Padre, se jactaban de Jehová; y en la época del Hijo, de Jesucristo. En esta época del Espíritu Santo, la misión dada al pueblo de Sion es dar testimonio y jactarnos del Espíritu y la Esposa. Cuanto más nos jactemos de Dios Elohim nuestro Salvador, delante de la gente, más se complacerá Dios y nos concederá abundantes frutos del evangelio. Esto es probado por la situación actual de la evangelización mundial.


La tierra se llenará del conocimiento de la gloria de Dios

Ahora, todo el pueblo de Sion está mostrando la gloria de Dios y jactándose mucho de él; en especial los equipos misioneros de corto y largo plazo parecen dedicarse más a la obra de jactarse de Dios.

Los miembros de un equipo misionero de corto plazo no están acostumbrados al idioma y las costumbres del país que visitan. Sin embargo, producen muchos más frutos del evangelio en pocas semanas, que el resultado de los miembros locales durante un año. Esto sorprende mucho a la iglesia local, y los miembros locales piden a Dios que les ayude a poseer la misma pasión y fe que los miembros del equipo misionero. Ellos dicen que también están trabajando duro para predicar el evangelio, pero algo sorprendente e inimaginable ocurre después de que los equipos misioneros de corto y largo plazo regresan después de predicar en otro país.

Los miembros del equipo misionero en el extranjero dicen que lo único que predicaban fuera del país era la verdad de la Madre Jerusalén. Aunque no podían hablar bien el idioma, predicaban a Dios Madre ansiosamente y proclamaban su salvación. Aquí está el secreto."La Madre celestial ha venido a esta tierra, por eso por favor reciba la salvación y bendiciones bajo las alas de su amor." Este es el tema de su predicación en el extranjero. Por esta razón, incluso en el corto período de predicación, muchas almas están volviendo a Sion una tras otra.

Ahora, sin importar el continente o el país, en cualquier lugar donde los miembros se jactan de Dios, arde el fuego del Espíritu Santo. La voz de los guerreros de la verdad que predican con confianza que no hay otro nombre excepto el nombre de Elohim, llega a ser un acelerador que hace que el fuego del Espíritu Santo continúe ardiendo, y no se apague.

Hab. 2:14 『Porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar.』

Hab. 3:3 『Dios vendrá de Temán, y el Santo desde el monte de Parán. Selah Su gloria cubrió los cielos, y la tierra se llenó de su alabanza.』

Cada profecía de Dios se cumple sin falta; ni una jota ni una tilde desaparecerá de ellas de ninguna forma. Según lo profetizado, vendrá el tiempo en que el mundo entero se llene del sonido de los cánticos de alabanza a Dios, y la tierra sea llena del conocimiento de la gloria de Dios. Entonces no habrá nadie que no conozca a nuestro santo Dios Elohim entre todas las naciones del mundo. Ahora, todas estas profecías se están haciendo realidad porque existe el pueblo de Sion que cree en las profecías, y va al mundo a jactarse de Dios Elohim.


Jáctense de Dios

Cuanto más nos jactemos de Dios, más almas podremos guiar a la salvación, porque los espíritus inicuos son destruidos. De lo que no debemos jactarnos es de las cosas mundanas como nuestra sabiduría, fuerzas o riquezas. Nuestro Dios, el Altísimo, es el único de quien debemos jactarnos.

Jer. 9:12, 23-24 『¿Quién es varón sabio que entienda esto? ¿y a quién habló la boca de Jehová, para que pueda declararlo? […] Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.』

Jactarnos de nosotros mismos es impropio de nosotros, los pecadores, y no contiene la gracia de Dios. Sin embargo, si nos jactamos de Dios, aunque sea con labios dubitativos, él se complacerá con nosotros. Esto es porque si nos jactamos de Dios, esto siempre se acompaña de la obra de la salvación, y las almas cansadas reviven.

Sal. 44:6-8 『Porque no confiaré en mi arco, ni mi espada me salvará; pues tú nos has guardado de nuestros enemigos, y has avergonzado a los que nos aborrecían. En Dios nos gloriaremos todo el tiempo, y para siempre alabaremos tu nombre. Selah』

Los Salmos están llenos de muchos cánticos de alabanza e himnos de gratitud a Dios nuestro Salvador, quien es nuestra fortaleza y baluarte en tiempos de desastres, y nuestra luz cuando caminamos en la oscuridad. Así, todo el libro de Salmos es un registro de nuestra jactancia de Dios.

Sal. 20:5-7 『Nosotros nos alegraremos en tu salvación, y alzaremos pendón en el nombre de nuestro Dios […]. Estos confían en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria.』

Nuestra mayor jactancia es que hemos llegado a ser hijos de Dios y estamos sirviendo al Rey de reyes y Señor de señores, ¿no es así? Nuestra jactancia no es por el tamaño de la iglesia, sino por el hecho de que Dios Elohim, que hizo todas las cosas, está con nosotros, salvándonos del pecado y de los desastres.

David, el autor de Salmos, confió en el nombre de Dios y se jactó de él. Como David, los que dedicaron su vida a mostrar la gloria de Dios y a jactarse de él, fueron bendecidos por Dios y purificaron el mundo al guiar muchas almas de la sombra de muerte al camino de la vida eterna, como profetas de Dios.


Los antepasados de la fe que se jactaron de Dios

En la época del Padre, Dios hizo su obra en el nombre de Jehová. Por eso David, cuando escribió la Biblia siendo inspirado por el Espíritu Santo, se jactó de Jehová y lo alabó."Jehová es mi pastor; nada me faltará." Así, David siempre se jactaba de Jehová, y Dios lo llamó"varón conforme a mi corazón".

¿Y qué pasó con Jeremías, el profeta que testificó que nuestra mayor jactancia debe ser el hecho de que conocemos a Dios? Él una vez decidió no mencionar a Jehová ni hablar más en su nombre, por temor al ridículo y la persecución de la gente. No obstante, cuando él decidió hacer eso, la palabra de Dios ardió tan fuertemente en su corazón, que no pudo soportarlo (Jer. 20:9). Entonces continuó predicando a muchas personas, diciéndoles que debían creer en Jehová a fin de tener un futuro brillante y la salvación. Por eso Dios lo amó y protegió en tiempos de aflicción y adversidad.

No solo David y Jeremías, sino todos los demás profetas de la época del Padre, se jactaron de Jehová. Para ellos, jactarse de Dios y darle gloria era el gozo más grande y la parte más importante de su fe; era su vida entera.

¿Cuál era la situación de la época del Hijo, cuando Dios guió la obra de la salvación en el nombre de Jesús? Todos los santos, incluyendo a los apóstoles como Pedro, Juan y Pablo, despertaron a los seres humanos jactándose de Jesús. En cuanto se despertaban, comenzaban a jactarse de Jesús. Cada día, predicaban valientemente a muchas personas:"Crean en el Señor Jesús, y todos sus pecados serán perdonados, y usted será salvo".

No había ninguna parte que mencionara el nombre de Jesús en el Antiguo Testamento; el Nuevo Testamento comenzó a ser escrito por los apóstoles 30 años después que Jesús ascendiera al cielo. Sin embargo, ellos no se fijaron en el aspecto físico de Jesús, sino en la divinidad inherente a él, y creyeron absolutamente que él era el Salvador que vino a esta tierra. Por eso, se jactaban de Jesús dondequiera que iban.

En esta época, ¿de quién debemos jactarnos? En la época del Espíritu Santo, nadie puede ser salvo sin acercarse al Espíritu y la Esposa que nos dan el perdón de pecados y guían a todos los seres humanos al camino de la salvación. En la época del Hijo, los apóstoles decían:"Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa" (Hch. 16:31). Ahora, sin embargo, ha llegado el tiempo en que debemos decir a la gente:"Crea en el Espíritu Santo Ahnsahnghong y en Dios Madre, y será salvo, usted y su casa". En cualquier momento, en cualquier lugar, debemos jactarnos de Dios Padre, que es el Espíritu, y de Dios Madre la Nueva Jerusalén, que es la Esposa. Esta es la misión dada a los que vivimos en esta época.

Hoy, la gente del mundo es totalmente ignorante de Dios. Aunque el largo período profético de seis mil años ha pasado desde el tiempo de Adán, la gente ni siquiera conoce a Dios Madre, que es testificada en la Biblia. ¡Qué ansioso estará Dios, que dice que se complace en el hecho de que lo conocemos!

En el tiempo de la iglesia primitiva, de tres a cinco mil personas recibieron a Cristo y fueron bautizadas en un solo día. La razón por la que esta sorprendente obra del Espíritu Santo pudo ocurrir, es que los apóstoles y profetas del evangelio siempre se jactaban de Jesús delante de la gente, teniendo absoluta fe en Jesús que vino como el Salvador. Como ellos, nosotros también debemos proclamar a nuestro santo Dios Elohim en todo el mundo y jactarnos de ellos con fe absoluta en ellos.


Las almas reviven cuando nos jactamos de Dios

En 2010, estamos llevando a cabo el movimiento de los diez talentos, que consiste en que cada uno de nosotros debe ofrecer al menos diez buenos frutos al Padre y a la Madre celestiales, con gratitud por habernos dado el perdón de pecados y la salvación.

Debemos creer que cuando Dios nos confía esta misión, ciertamente nos da el poder de lograrlo.

¿Qué debemos hacer para cumplir esta misión? La Madre nos ha enseñado:"El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto"; Dios es la vid, y nosotros los pámpanos; por eso, para llevar mucho fruto, debemos permanecer en Dios, y Dios en nosotros (Jn. 15:1-5).

La manera de permanecer en Dios es jactarnos de él. Los que se jactan mucho de Dios, llevan mucho fruto. Pedro, que guió a tres mil personas a la salvación en un solo día, y el apóstol Pablo, que establecía iglesias dondequiera que iba, siempre se jactaban de Dios, y así hicieron los antepasados de la fe que predicaron el evangelio diligentemente. Dios se complace con los que se jactan mucho de él, y está con ellos.

Jactémonos de Dios todo el tiempo. Debemos testificar a todas las personas del mundo entero que es nuestro Dios quien guía a todos sus hijos al eterno reino de los cielos, dando fuerzas a los cansados y concediendo sabiduría y una fe valiente a los débiles.

Sal. 34:2 『En Jehová se gloriará mi alma; lo oirán los mansos ["los desalentados" en la versión La Biblia al Día], y se alegrarán.』

La Biblia llama"mansos" o"desalentados" a las almas que viven en la miseria sin futuro ni esperanza, que están destinadas a la muerte eterna en el valle de la sombra de muerte. Ahora, hay muchos desalentados en todo el mundo, desanimados por los constantes desastres, sin saber qué hacer. La Biblia dice que los desalentados se alegrarán de oír las buenas nuevas de Dios, de quien nosotros nos jactamos. En la primera venida de Jesús, la noticia más alegre fue que Jesús vino a esta tierra.

Ahora, la noticia más sorprendente y alegre para la gente que vive en esta tierra, es que el Padre y la Madre celestiales, el Rey de reyes y Señor de señores, ha venido a salvarnos. Ya que ellos nos guían al mundo donde no hay más muerte ni llanto ni clamor ni dolor, quienquiera que escuche las buenas nuevas llega a tener esperanza y a llenarse de alegría.

Hab. 3:16-19 『Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, […]』

La Biblia dice que aunque no tenemos nada, nos regocijaremos en Dios nuestro Salvador y ganaremos fuerzas a través de él. Si nos jactamos de Dios, los que están desanimados sin esperanza, obtendrán gozo gracias a Dios, que da salvación, y nuestros corazones también rebosarán de alegría. Debemos predicar estas buenas nuevas a todos los seres humanos, ¿no es así? Por eso, Dios felicita a sus hijos que predican las buenas nuevas, diciendo:"¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas!" (Is. 52:7).


No callen, sino griten la gloria de Jerusalén

Si hemos predicado a Dios pero aún no hemos guiado a nadie de nuestro prójimo a Dios, reflexionemos sobre nosotros mismos, si hemos predicado a Dios con nuestro propio conocimiento. A veces, inconscientemente nos mostramos a nosotros mismos, con el pretexto de la palabra de Dios. Es Dios a quien miran todos los seres humanos, y no a un individuo. Ningún ser humano tiene el poder de perdonar nuestros pecados o guiarnos a la salvación. En cualquier caso, solo la gloria de Dios debe ser revelada. El apóstol Pablo dijo:"Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí" (Gá. 2:20). Por eso, Pablo solo se jactaba de Cristo, y mostraba su gloria; este era su secreto para llevar mucho fruto.

La predicación consiste en jactarse de Dios. Los que se jactan de Dios son más bendecidos; los que se jactan mucho de Dios están llevando abundantes frutos en la línea del frente del evangelio. Dios nos ha dado salvación, habiendo hecho todas las cosas y preparado el reino de los cielos para nosotros. Como hijos de Dios, jactémonos del Padre y la Madre celestiales ante todas las personas del mundo, no olvidando su abundante amor y gracia.

Is. 62:6-7 『Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra.』

Los"atalayas" del versículo anterior, se refieren a los que se jactan de la gloria de Jerusalén de día y de noche. Proféticamente, Jerusalén se refiere a nuestra Madre, la libre (Gá. 4:26).

Mostremos la gloria de la Madre celestial Jerusalén, porque somos atalayas de Jerusalén. Dios Padre dijo que no callemos, sino que gritemos la gloria de nuestra Madre Jerusalén.

Jer. 3:17 『En aquel tiempo llamarán a Jerusalén: Trono de Jehová, y todas las naciones vendrán a ella en el nombre de Jehová en Jerusalén; ni andarán más tras la dureza de su malvado corazón.』

Esta es una profecía definitiva de que todas las naciones vendrán a la Madre Jerusalén. Jactémonos de Dios Madre. No necesitamos preocuparnos de cómo podemos cumplir la misión de los diez talentos. Desde el momento en que abramos nuestras bocas para jactarnos de Dios Madre, muchas almas cansadas en el mundo vendrán a Sion con gozo.

¿Cómo pueden llevar tantos frutos del evangelio los miembros de los equipos misioneros de corto plazo en el extranjero, si no están acostumbrados al idioma, las costumbres y la cultura de ese país? Es porque se apoyan solamente en Dios Madre, y se jactan de ella sin descansar. Si nos jactamos de Dios, el fruto del evangelio se produce naturalmente. Así como un imán atrae a todos los metales que están a su alrededor cuando ejerce su fuerza de atracción, aunque esta es invisible, del mismo modo la fuerza espiritual que atrae a la gente a Dios, se genera cuando nos jactamos de Dios.

Creyendo absolutamente en las profecías, jactémonos de Dios Padre y Dios Madre entre todas las personas del mundo, y cumplamos completamente la profecía de que todas las naciones correrán a Sion, conmovidas por la gloria del Padre y la Madre.

En este año, ganemos todos más de diez talentos y guardemos los premios celestiales llevando abundantes frutos, dando gloria a Dios.