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Ninguna parte de los sermones en texto puede ser imprimida o difundida. Por favor, grabe en su corazón lo que ha entendido, para compartir la fragancia de Sion.

El amor de Dios para darnos la salvación

Dios es amor (1 Jn. 4:8). Dios administra y gobierna todo el universo, y es digno de recibir el honor y la gloria de muchos millares de ángeles. Sin embargo, después de haber dejado la gloria del cielo, Dios vino a este pequeño planeta Tierra para salvar a sus hijos.

Él vino en la carne de pecado y soportó todo tipo de vergüenzas e insultos de los pecadores. Lo único que deseaba era la salvación de sus hijos y recorrió el camino de sacrificio. Por tal razón, la Biblia dice que Dios es amor.

El gran amor de Dios nos ha hecho lo que ahora somos. Considerando nuevamente esto, tomémonos un tiempo para recordar el santo amor y sacrificio del Padre y la Madre que han venido a este mundo para salvar a sus hijos.


El camino de sacrificio que Jesús recorrió

Como la Madre celestial nos ha dicho que leamos mucho la Biblia si queremos ver al Padre, esta contiene muchos rastros del sacrificio que el Padre celestial dejó cuando vino a esta tierra hace dos mil años.

Entre ellos, veamos el registro de lo que Jesús atravesó hasta que fue crucificado después de haber sido arrestado por los siervos del sumo sacerdote.

Mt. 27:1-26 “Venida la mañana, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a muerte. Y le llevaron atado, y le entregaron a Poncio Pilato, el gobernador. […] Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto. Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado! Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado! […] Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado.”

En la noche que Jesús estableció la Pascua del nuevo pacto, Judas Iscariote lo entregó a los principales sacerdotes, a cambio de treinta monedas de plata, como Jesús había predicho. Todos los discípulos que se habían comprometido a seguirlo siempre, lo dejaron, e incluso Pedro, que era su mejor discípulo, lo negó tres veces (Mt. 26:47-75). Judas Iscariote se arrepintió de haber traicionado a Jesús y terminó matándose (Mt. 27:3-10).

Los judíos llevaron a Jesús ante el gobernador Pilato, y le pidieron que liberara a Barrabás y crucificara a Jesús que no tenía pecado. Ellos tomaron la iniciativa en la crucifixión de Cristo, que vino a esta tierra para darles el perdón de los pecados y la salvación.

Mt. 27:27-56 “Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron alrededor de él a toda la compañía; y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata, y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle. […] Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Y sentados le guardaban allí. Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS. Entonces crucificaron con él a dos ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda. Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él. […] Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. […]”

Los soldados romanos desnudaron a Jesús y le echaron encima un manto de escarlata. Ellos hicieron muchas cosas que lo expusieron al vituperio y a la vergüenza pública, sin dudarlo; lo azotaron, pusieron sobre su cabeza una corona de espinas, le escupieron, le colocaron una caña en su mano derecha, lo golpearon en la cabeza y lo escarnecieron.

Además de su amargo sufrimiento en la cruz, Jesús fue escarnecido e insultado por sus criaturas, como los principales sacerdotes y los ladrones. Trataron a Cristo de esta manera aunque Él vino a esta tierra para salvarlos.


Para darnos la salvación

La Biblia da una descripción aproximada de lo que Jesús sufrió en el día de su crucifixión, en lugar de describir la horrible escena en detalle. Sin embargo, el sufrimiento de Jesús en la cruz, que la Biblia narra, nos hace sentir muy desconsolados. ¿Por qué Dios, el Señor del cielo y de la tierra y el Gobernador de todo el universo, soportó esa horrible situación?

Lc. 19:10 “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”

Jesús dijo que había venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. Dios, Rey de reyes y Señor de señores, descendió a esta tierra y sufrió mucho. Esto demuestra lo graves que son nuestros pecados. Se burlaron de Él y lo persiguieron intensamente, y se sometió al dolor agudo de los azotes, y al tormento de la cruz. A causa de los pecados mortales de sus hijos, soportó todos estos momentos de sufrimiento.

En el cielo también hay una ley que debe ser observada; la ley que rige el universo. Así, el Dios de justicia se sacrificó para pagar nuestros pecados cometidos en el cielo. Si no fuera por nuestra salvación, no habría habido necesidad de que Jesús se vistiera de la carne, que pasara hambre, que estuviera desnudo y que fuera tratado como un pecador e insultado en la cruz. Dios soportó todos estos sufrimientos y recorrió el camino de sacrificio por nosotros.

Si reflexionamos en el camino de sufrimiento que Jesús recorrió, podemos preguntarnos si Él realmente quería venir a este mundo, donde sería rechazado y despreciado. Sin embargo, Jesús vino a esta tierra hace dos mil años para salvar a sus hijos; en silencio toleró toda la humillación, y dijo que vendría a esta tierra de nuevo con el mismo propósito.

He. 9:27-28 “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.”

¿Quién querría ir de nuevo al lugar en el que una vez fue despreciado, perseguido y condenado a muerte? Sin embargo, Jesús vino a esta tierra otra vez para redimir a sus hijos de las cadenas de la muerte.

Ya que el camino de la salvación que Él abrió mediante su sacrificio en la cruz fue destruido por Satanás durante la Edad Oscura, vino a esta tierra de nuevo y restauró el camino de la salvación restableciendo la verdad del nuevo pacto.

El camino que Jesús recorrió en su segunda venida no fue diferente de su primera venida. Dios mismo vino a esta tierra, pero nadie lo recibió; todos lo rechazaron e hicieron con Él todo lo que quisieron. Dios pudo haber elegido no volver a venir a esta tierra donde lo esperaban el dolor y el sufrimiento. No obstante, vino nuevamente a esta tierra en la carne y demostró su amor hacia nosotros.

El Padre y la Madre celestiales han recorrido en silencio el camino de la humillación para salvar a sus hijos. Como sus hijos, debemos grabar su sacrificio y amor en lo profundo de nuestro corazón.


Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados

Dios tuvo que sufrir a causa de sus hijos, pero nunca expresó su malestar y fatiga. Aun así, quiso darles más amor y dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.

Mt. 11:28-30 “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.”

Dios lleva cargas mucho más pesadas que nosotros, y nos dice que vayamos a Él y descansemos, dejando incluso las pequeñas cargas que llevamos. Como hijos de Dios, debemos decirle: “¡Qué pesadas son sus cargas! A partir de ahora, las llevaremos nosotros”. No obstante, el Padre y la Madre están dispuestos incluso a llevar nuestras cargas. No debemos olvidar el infinito amor del Padre y la Madre.

A veces nos quejamos porque las cosas no salen como esperamos, y en ocasiones nos herimos unos a otros por algo muy trivial. Sin embargo, si pensamos en el dolor y el sufrimiento que Dios tuvo que pasar, llegamos a comprender que nuestros yugos y cargas son muy pequeños.

Puesto que hemos recibido este gran amor de Dios, no debemos anteponernos a Dios, ni tampoco dar más prioridad a nuestra vida física que a nuestra vida espiritual. En lugar de aferrarnos neciamente solo a nuestra vida terrenal visible porque el mundo espiritual es invisible, tenemos que comprender siempre el valor de la salvación y el gran sacrificio y amor de Dios.

En el momento en que se cumpla que todos los hijos celestiales entren en el eterno reino de los cielos después de la obra de la salvación, Dios finalmente dejará sus pesadas cargas. Por tal razón, debemos esforzarnos más en la predicación del evangelio, cuidando no solo de nuestra propia salvación, sino de la salvación de los que aún no han recibido la verdad.


Si Dios no hubiera venido

¿Qué habría pasado con nosotros si Dios no hubiera venido a esta tierra? Veamos a través de la Biblia cuál será el fin de los que no serán salvos.

Ap. 14:6-11 “[…] Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre.”

Ap. 19:19-21 “[…] Y la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta que había hecho delante de ella las señales con las cuales había engañado a los que recibieron la marca de la bestia, y habían adorado su imagen. Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre. Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron de las carnes de ellos.”

La Biblia muestra que nuestro enemigo el diablo, representado como la bestia, los que la han adorado y los falsos profetas que hicieron señales para engañarlos serán capturados y arrojados al lago de fuego y azufre. El castigo del infierno está esperando a los que no serán salvos. En el lago de fuego y azufre, el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos, y no tienen reposo de día ni de noche; ellos se retorcerán de dolor por toda la eternidad.

Mr. 9:41-49 “[…] Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Porque todos serán salados con fuego, y todo sacrificio será salado con sal.”

Jesús nos aconsejó evitar ir al infierno, sin importar el costo. En repetidas ocasiones enfatizó que debemos evitar el infierno. Esto explica lo horrible que es el tormento del infierno. Solo hay dolor y tormento en el infierno, donde a nadie se le permite morir, aunque lo desee. No podemos escapar de la condenación del infierno por nosotros mismos.

Es por eso que Dios vino a esta tierra en la carne; Él quería ansiosamente que sus hijos evitaran el eterno castigo del infierno, y soportó el dolor y el sufrimiento intensos.


No descuiden la salvación

De acuerdo con la ley del Antiguo Testamento, los israelitas tenían que ofrecer sacrificios de animales para hacer expiación por sus pecados. Dios vino como la realidad de todos los sacrificios, llevó todos nuestros pecados, y sufrió la vergüenza y el insulto que merecíamos. Dios nos amó tanto que se hizo ofrenda de expiación por nosotros. Por tal razón, podemos tener la esperanza del cielo.

He. 2:3-9 “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, […] Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; Todo lo sujetaste bajo sus pies. […] Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.”

Dios, que es digno de recibir la gloria y la alabanza del cielo para siempre, vino a esta tierra, haciéndose menor que los ángeles. Para salvarnos, Él vino a esta tierra incluso dos veces y voluntariamente recorrió el camino del sufrimiento. No debemos pasar por alto una salvación tan grande. Hemos recibido la salvación gratuitamente, pero esto no significa que la salvación que Dios nos ha dado tenga poco valor.

Les pido ansiosamente que no pierdan la eterna bendición por disfrutar de los placeres temporales como Esaú. Corramos con fuerza hacia el cielo, para que la gracia de la salvación de Dios por nosotros no sea en vano.

Tenemos que examinarnos siempre para ver si estamos cometiendo el error de pensar que es una pérdida de tiempo hacer algo por Cristo, que escogió llevar una vida de sufrimiento para salvarnos, mientras desperdiciamos gran parte de nuestro tiempo haciendo cosas físicas. Aferrándonos a nuestra salvación, prediquemos las buenas nuevas de salvación a todas las personas del mundo.

El reino de los cielos que Dios ha preparado para nosotros es un lugar tan hermoso que nadie puede imaginar su gloria (1 Co. 2:9).

Así como el rey de la parábola que dijo a su siervo fiel: “Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades”, el Padre y la Madre han prometido recompensarnos por todo nuestro arduo trabajo, sin olvidar ni los esfuerzos más pequeños (Lc. 19:12-17, Ap. 22:12). Ellos reconocen a sus hijos, que se han dedicado a la predicación del evangelio, como los que han entendido el amor de Dios y ponen en práctica sus enseñanzas.

Me gustaría pedirles a todos ustedes, hijos de Dios, que aprendan el amor y el sacrificio de Dios y tomen la delantera en salvar a nuestros hermanos y hermanas perdidos, para que la misión de predicar a siete mil millones de personas se logre rápidamente. Dios ha abierto el camino de la salvación para nosotros por medio de su sacrificio. Deseo ansiosamente que todos los miembros de nuestra familia celestial terminen esta carrera y entren en el reino de los cielos.